El nomadismo literario: los caminos del autor independiente

¿Qué significa que una publicación sea independiente? Está claro que algo así como que el criterio de redacción y selección del texto no se haya visto afectado por las posibles ventas, las modas o el ideario político de la empresa que lo publica. Pero incluso el más modesto autor-editor no se molestaría en publicar si no esperara ciertos lectores. «Yo escribo para mí» es la otra cara de la moneda de la vanidad. Cuando Walt Whitman mandó imprimir una tanda de ejemplares de su Hojas de hierba no los guardó en un armario, sino que los distribuyó.

Todo texto se escribe para ser leído por el mayor público posible. Pero son dos las actitudes que pueden darse aquí, que deben entenderse como modelos ideales, grados sobre los que bascula cualquier escrito: por un lado tenemos al escritor ingenuo, representado por la persona que escribe una única novela, mejor o peor (generalmente peor), que con algo de mala suerte cree encontrarse ante una obra maestra y decide que por orgullo personal, o quizás por cumplir expectativas vitales sacadas del refranero, va a empeñarse en que el mundo contemple su obra; por otro lado, nos encontramos con el escritor de libros de autoayuda de Amazon, que estudia las necesidades de sus lectores para escribir exclusivamente aquello que quieren escuchar.

Como decía, son dos modelos ideales difícilmente cumplibles. ¿Qué sicario de las letras no disfruta aunque sea un poco introduciendo algo mínimamente literario entre toda la filosofía barata de su ebook de 56 páginas y 19,90€? ¿Qué señor mayor de provincias no se percata de que quizás su estilo sólo lo entiende él y que si quiere lectores tendrá que pulir el texto aunque sea con una lima del cero?

Esto da pie a la fauna habitual: escritores famosos con un equipo de redactores detrás, convertidos más en un directores de orquesta que en solistas de recitales; el famoso que nunca ha escrito pero decide lanzarse con una novela; el escritor profesional que publica un libro cada dos años, el escritor no profesional que se gasta medio sueldo en enviar manuscritos a todos los concursos y editoriales, el escritor ocasional que no aspira a que le publiquen y el escritor de un único libro. Como se habrá observado, la lista está confeccionada de mayor a menor dependencia.

En general, la empresa que edita se suele denominar comercial o independiente. Luego están las mal llamadas editoriales de autoedición, a las que acuden los tres últimos tipos de escritores mencionados. Y entender esto es crucial: por lógica, el autor que se edita debería ser el más independiente, pero resulta que de tan independientes que son, no se puede considerar que las editoriales de autoedición realicen publicaciones: el cliente no es el lector, el cliente es el autor. El libro no se distribuirá, no se promocionará, no se enviarán ejemplares para reseñas, ni se invertirá en publicidad. La publicación con editoriales de autoedición es un espejismo.

Es por eso que debemos distinguir la edición independiente de la autoedición: autoeditar ya no es autoeditar, como explico en este vídeo. Autoeditar es imprimir. Y este engaño quedó claro tan rápido que las primeras empresas que quisieron tener como clientes a autores (Bubok, Lulú) se esmeraron por maquillar su producto con paquetes editoriales: al autor le dieron un ISBN, una caja con libros, una ilustración barata, unos flayers y un sitio en la web.

¿Y por qué debemos distinguir la edición independiente de la autoedición, si las editoriales independientes no hacen autoedición? Porque tampoco me estoy refiriendo a editoriales independientes. Cuando hablo de proyecto independiente me refiero a a) un autor que no logra publicar en un mercado saturado pese a que sus textos tienen calidad y b) un autor profesional que está cansado de trabajar con editoriales tradicionales. Ambos saben que no pueden caer en el mercado de la autoedición pero la situación les ha obligado a hacerlo.

¿Entonces, cuál es la diferencia entre un autoeditado y un autor independiente? Que el autor independiente sabe editar: sabe que su texto funciona, sabe que puede dirigirse a cierto público, sabe cómo es una maqueta profesional, sabe qué ilustración va mejor en la cubierta porque las ha estudiado, sabe que en el mejor de los casos, la corrección del texto debería hacerla otra persona, pero al menos sabe que si tuviera que hacerlo por sí mismo, podría (aunque le llevaría más tiempo).

¿Y por qué es necesario distinguirlo? Porque el autor independiente está a medio camino de la autoedición y la edición tradicional. El problema del mundo del libro es que la ausencia de logotipos editoriales en la cubierta levanta sospechas sobre la calidad del texto, cosa que no ocurre, por ejemplo, en otros medios artísticos. En la música hay sellos independientes, pero también muchos grupos lanzan su música de manera privada. En el cine se produce la paradoja de que se crean productoras exprofeso para una película concreta. Algunos grupos producen sus discos: alquilan el estudio, se graban, lo masterizan, buscan un ilustrador que capte sus ideas, pagan a una empresa que los fabrica y finalmente los distribuyen (con mayor o menor fortuna, dependiendo de la fama que hayan conseguido en las giras). Y hablando de músicos, Elton John produjo su propia película, Rocketman. Aprovechó para poner verde a todas las personas que le habían hecho daño durante su vida.

¿Por qué es tan difícil ser autor independiente en la literatura? En primer lugar, no hay giras para que el público te conozca, ni festivales a los que presentar el libro para salir en prensa y recibir críticas. Los principales medios para publicitar un libro están en manos de las propias editoriales, que forman parte de un conglomerado empresarial con periódicos, webs de noticias, radio y televisión que evidentemente no van a promocionar un libro de la competencia. Para el autor independiente hay pocas posibilidades de relucir en la infoxicación.

El problema es el criterio: ¿quién establece que tal libro es una publicación independiente y tal otro es autopublicado? No hay manera de averiguarlo más que leyendo ambos, y aún así quedaría en el ámbito de la opinión, de lo subjetivo. Falta un generador de criterio, reseñadores independientes que los puedan hacer competir con los publicados de manera tradicional (soñar es fácil, la realidad no: ¿apostarían los lectores por un autor independiente frente a una publicación tradicional? ¿No acabaría pervirtiéndose el sistema como en la publicidad del mundo literario?).

Mucho me temo que si este término, publicación independiente, trasciende el blog y acaba convirtiéndose en algo viral, algo con sentido y aceptación, todos los autores autopublicados querrán que su libro sea un proyecto independiente, del mismo modo que todos los productos de consumo actuales son premium o pro. Las editoriales de autoedición dejarán de usar los antiguos lemas de autoedita por conviértete en autor independiente. Y en ese momento los autores independientes tendremos que volver a buscar otro término.